29 de febrero de 2008
Amadrineme
Una bella ceremonia ha de haberse dado para que doña Cristina Fernandez de Kirchner, presidente de los argentinos, sea la Madrina -en este caso- del recién nacido. Este madrinazgo de alguna forma hace cargo al Estado a comprometerse con este niño a darle educación, utiles escolares, contención en lo que concierne a su formación hasta los 18 años.
Parece retórico, para quienes estamos acostumbrados a no leer este tipo de noticias, pero el Estado naturalmente debe garantizar y de hecho (independientemente de los juicios de valor) lo hace la educación inicial y secundaria para cualquier niño hijo o no de ciudadanos residentes en nuestro país.
Una segunda pregunta se desprende ante mi flamante conocimiento de la nueva "ley" que ampara lo anterior: esta mujer de 43 años, argentina, ¿queria tener su séptimo hijo? ¿quería tener su tercer hijo?.
Qué pasa en el mundo cuando los Rosarios no se enriedan en los ovarios y en la salud de las mujeres y se puede elegir independientemente de la condición socioeconómica en la que uno esté viviendo.
Qué pasa cuando salimos todos a defender las leyes en favor de la libre procreación y nos encontramos con los padres y alumnos del colegio San Andrés, o Sangrado Corazón de Jesús, privados, Católicos, caros... donde la imágen de seguir con la moral políticamente correcta pesa ante todo.
Recuerdo en el año 2001 cuando la legislatura de la Ciudad (todavía no autónoma) de Buenos Aires sesionaba en Cámara de Diputados la ley reproductiva: entregar anticonceptivos gratuitos en hospitales, preservativos y parches anticonceptivos para que las mujeres tuvieran la posibilidad de elegir. Cuando se propuso que todos los colegios tuvieran integración con clases de educación sexual para que los chicos tomen conocimiento del riesgo que corre su salud si no se cuidan de forma pertinente, y que al conocer todo eso sean LIBRES de elegir qué quieren para ellos, sus parejas y sus hijos.
Esa tarde frente a la Legislatura Porteña había dos bandos, claramente marcados de personas que luchaban a favor o en contra de la ley de reproductividad. Como si las niñas del colegio San Andrés no tomaran pastillas anticonceptivas para envitar un embarazo no deseado, o los muchachitos del Sagrado Corazón no usaran preservativos para no caer en usos "abortivos" en términos de la Iglesia Católica.
Recuerdo los carteles "asesinos", "abortar es matar" y demás comentarios que por supuesto no tenían nada que ver con lo que realmente se estaba debatiendo en Diputados. Claro que esto demuestra la desinformación, naturalmente, que padecen estos chicos cuando la vida se agota en un pantalón de Kosiuko, zapatos de Ricky Sarkani y algún que otro condimento de "salsipuedes".
Era un orgullo ver otro bando, un bando que habia vuelvo de Porto Alegre despues de presenciar el primer Foro Social Mundial, el primer paso del movimiento anti mundialización de todo el mundo... con banderas que decían "no enredemos los rosarios en nuestros ovarios". Eramos mujeres luchando por la integración de todo ese grupo, de todas esas chicas que podían vivir lo mismo que otras chicas... los cuerpos son los mismos, las ventajas también, los miedos también, las desgracias también y las vacunas no existen ni para unas ni para otras. Aún así de un lado habia padres, madres e hijas, del otro lado eran mujeres. Mujeres que sabian, mujeres q lloraban hijos no deseados, mujeres que pedian por favor que el Hospital Fernandez estuviera habilitado para hacer un truncamiento de trompas para no volver a traer hijos al mundo que no eran deseados, que eran fruto de una violación de las tantas que se viven y no se cuentan en familias o no familias que no están atentas al final de "Resistiré" en el Luna Park.
Lloré mucho con la historia de Claudia de Dock Sud. No viene al caso ni la historia ni el motivo del llanto, pero recuerdo la necesidad que esa mujer tenia de nunca más traer hijos en cuyos rostros se reflejen momentos tormentosos de su vida que olvidar.desearía
Hay otra realidad posible. Hay otra forma de vivir en armonía con lo que uno desea, hay cambios que no necesitan de dinero ni de grandes riquezas... necesitan de sentido común, de escucha, mucha escucha e intercambio con la gente que lo ha vivido, necesitan de comprensión y evolución.
Sigamos rezando, creyendo... pidamos lo imposible!! Eso es parte de lo que nos mantiene vivos. Pero no nos dejemos morir por no tener el valor de decirle a Dios que está exagerando un poco.
24 de febrero de 2008
¿Gracias por ser como YO?
De alguna manera Latinoamérica está siendo educada bajo la filosofía de que ser distinto está mal. De que una diferencia advierte siempre un estigma, algo no bien visto, un punto negro que además de sufrimiento causa aislamiento. Argentina está impregnada de toda esa furia. Furia de quienes han establecido que ser "como yo" es lo correcto y han vivido dentro de un ciego egoísmo que mata cualquier intento de acercamiento y de tolerancia. Me acerco a un hogar de Pompeya, en donde varios amigos trabajan con chicos, y montan paredes de durloc para separar ambientes en un lugar que está mas cerca de desmoronarse que de convertirse en un lugar de contención. Estoy presente cuando al fotógrafo le roban su bolson, con un celular barato, cuatro pesos y sus documentos, dentro de esas paredes que él mismo está montando hace un año para dar contención.
Para mi total y completa sorpresa, el muchacho no se ofende, no hace más que preocuparse y salir corriendo hacia una villa donde venden una amplia diversidad de sustancias conocidas cotidianemente como Drogas. Nos da pena que esos cuatro pesos, bolso y documentos puedan ser cambiados por una o dos dosis destructivas de Pasta Base.
Acercamos el arte, la comida y la educación para que las diferencias existan. Imaginar que quien no come, imaginar que quien roba por desesperación y quien mata con desgano es DIFERENTE es estar mirando exactamente al ángulo opuesto de la relaidad. Argentina está llena de ideas encontradas, pero los cuerpos son impresionantemente iguales, todos tienen la misma necesidad.
Acercamos el arte, acercamos diversión y montamos paredes porque creemos que todos los cuerpos necesitan risas, paredes que abriguen, elementos para incorporar y aprender. APRENDER a ser distinto de lo que no nos gusta, de lo que no queremos seguir viendo o viviendo. Esa es la diversidad hermosa, la diversidad que promete, la diversidad que todos los dias resignifica y dinamiza los cuerpos, los nuestros y los de ellos.
Atención con la frase anterior, no es un descuid metodológico, ni mucho menos un descuido teórico. Nosotros y ellos existe desde la ontología misma del lenguaje. En el momento en que las paredes se comienzan a armar se rompe mágicamente esa construcción del lenguaje, se unifica en un nosotros totalmente inclusivo, donde todos cooperamos de la misma manera. Los cuerpos son iguales porque todos son capaces de elevar fuerzas y subir una pered, todos son capaces de pintar y crear sobre ellas. Todos son capaces de resignificar cada uno de los lugares que habita en su vida.
Gracias por ser como YO, introduce una cuota de odio y de desprecio hacia todo lo diferente, hacia lo que no aceptamos que funcione de otra forma. Cuando algo no funciona de la forma en que funciona uno mismo, automáticamente el ser humano tiende a despreciar, a menospreciar, a desvalorizar por miedo y NUNCA a internalizar a conciliar y atravesar esa diferencia.
Ojala las diferencias entre las personas sean tomadas inteligentemente para que podemos enriquecernos desde la calidad de personas que somos.
Ojalá ser como YO deje de significar "no ser como él".
- * Apuntes para el alma * -
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De todos los géneros literarios, la tragedia es el que más marca un siglo, el que le da más dignidad y profundidad. Las épocas de esplendor, indiscutidas, son las épocas trágicas: siglo V ateniense, siglo isabelino, siglo xvii francés. Fuera de esos siglos, la tragedia —en sus formas constituidas— se calla. ¿Qué pasaba en esas épocas, en esos países, para que la tragedia fuese posible, fácil incluso? La tierra parecía ser tan fecunda que los autores trágicos nacían por montones, llamándose y provocándose unos a otros. Es fácil percibir que tal conexión entre la calidad del siglo y su producción trágica no es arbitraria. Es que en realidad esos siglos eran siglos de cultura.
Pero aquí debemos definir la cultura no como el esfuerzo de adquisición de un saber más grande, ni siquiera como el mantenimiento ferviente de un patrimonio espiritual, sino sobre todo, según Nietzsche, como «la unidad del estilo artístico en todas las manifestaciones vitales de un pueblo».
Así, comprenderemos que en las grandes épocas trágicas, el esfuerzo de los genios y del público se ocupaba no tanto del enriquecimiento de los conocimientos y experiencias como del despojo cada vez más riguroso de lo accesorio, la búsqueda de una unidad de estilo en las obras del espíritu. Era necesario obtener de y dar al mundo una visión sobre todo armoniosa —aunque no necesariamente serena—, esto es, abandonar voluntariamente un cierto número de matices, de curiosidades, de posibilidades, para presentar el enigma humano en su delgadez esencial.
Esta definición permite pensar que la tragedia es la más perfecta y difícil expresión de la cultura de un pueblo, es decir, una vez más, de su aptitud para introducir el estilo allí donde la vida no presenta sino riquezas confusas y desordenadas. La tragedia es la más grande escuela de estilo: ella enseña más a despejar que a construir, más a interpretar el drama humano que a representarlo, más a merecerlo que a sufrirlo. En las grandes épocas de la tragedia la humanidad supo encontrar una visión trágica de la existencia y, por una vez quizás, no fue el teatro el que imitó la vida, sino la vida la que recibió del teatro una dignidad y un estilo verdaderamente grandes. Así, en esas épocas, por este intercambio mutuo de la escena y del mundo, encontróse realizada la unidad del estilo que, según Nietzsche, define la cultura. Para merecer la tragedia es necesario que el alma colectiva del público alcance un cierto grado de cultura, esto es, no de saber, sino de estilo.
Las masas corrompidas por una falsa cultura pueden sentir en el destino que las abruma el peso del drama; se complacen en el despliegue del drama, e impulsan este sentimiento hasta poner drama en cada uno de los pequeños incidentes de la vida. Aman en el drama la ocasión de desbordar un egoísmo que permite apiadarse indefinidamente de las más pequeñas particularidades de su propia infelicidad, de bordar de patetismo la existencia de una injusticia superior, lo que aparta muy oportunamente toda responsabilidad.
En este sentido la tragedia se opone al drama; ella es un género aristocrático que supone una alta comprensión del universo, una claridad profunda sobre la esencia del hombre. Las tragedias del teatro no han sido posibles sino en países y épocas en que el público presentaba un carácter eminentemente aristocrático, sea por rango (siglo XVII), sea por una cultura popular original (entre los griegos del siglo V). Si el drama (cuyo género decadente fue el melodrama, y uno se aclara por el otro) procede de la ganga cada vez más desbordante de las desdichas humanas, frecuentemente en lo que tienen de más pusilánime, la tragedia no es más que un esfuerzo ardiente de despojar el sufrimiento humano, reducirlo a su esencia irreductible, apoyarlo —estilizándolo en una forma estética impecable— sobre el fundamento primero del drama humano, presentado en una desnudez que sólo el arte puede alcanzar.
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La tragedia no es tributaria de la vida; es el sentimiento trágico de la vida el que es tributario de la tragedia. He allí por qué las tragedias de teatro no han seguido esa suerte de evolución histórica que hace que de un estadio primero surja un estadio segundo más perfeccionado, y así sucesivamente. Para ello se hubiera requerido que la tragedia del teatro se implicase estrictamente en la lenta evolución de los siglos, imitase la transformación de las vidas y de las mentalidades y que, en las épocas de falsa cultura, prefiriera corromperse que morirse. No ha obrado así la tragedia; su historia no es sino una sucesión de muertes y resurrecciones gloriosas. Ella puede decrecer y desaparecer con la misma desenvoltura sublime con que apareció: después de Eurípides la tragedia se pierde (admitiendo que Eurípides fuese un verdadero trágico, lo que no hizo Nietzsche). Después de Racine no hay más que tragedias muertas, hasta el día en que nazca una nueva forma trágica —radicalmente distinta, a menudo irreconocible de la primera.
En las tragedias del teatro el interés no es el de la curiosidad, como en los dramas. El público no sigue, jadeante, las peripecias de las historias para saber cuál será el final. En las bellas tragedias el desenlace se conoce por anticipado; no puede ser otra cosa que lo que es: ni el poder del hombre, ni a veces el del Dios (y esto es propiamente trágico) pueden mejorar ni modificar la suerte del héroe. Y sin embargo el alma del espectador se aferra con pasión a la marcha de la pieza. ¿Por qué?
Es el milagro de la tragedia; nos indica que nuestra búsqueda más íntima no va al resultar de las cosas sino a su por qué. Poco importa saber cómo terminará el mundo; lo que importa saber es qué es lo que es, cuál es su verdadero sentido —no en el Tiempo, poder bien cuestionable y cuestionado, sino en un universo inmediato, despojado de las puertas mismas del Tiempo.
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De todas las tragedias del teatro se desprendería, pues, la lección siguiente —si es que el arte puede enseñar algo—: el hombre, ese semidiós, tiene en el universo como marca distintiva su pensamiento, su deseo y su poder de conocimiento, fuente de riquezas sensibles y de sutiles acciones. Pero esa potencia electiva del pensamiento, al distraer gloriosamente al hombre del ritmo universal de los mundos, sin igualar sin embargo la omnipotencia divina, sumerge al alma humana en un sufrimiento indecible e incurable. Es de este sufrimiento que está formado nuestro mundo, el de nosotros los hombres.
La tragedia del teatro nos enseña a contemplar este sufrimiento bajo la luz sangrante que proyecta sobre él; o, mejor, a profundizar este sufrimiento, despojándolo, purificándolo; a sumergirnos en ese sufrimiento humano, bajo el cual estamos carnal y espiritualmente moldeados, a fin de recuperar en ella no sólo nuestra razón de ser, lo que sería criminal, sino nuestra esencia última y, con ella, la plena posesión de nuestro destino de hombre. Habremos entonces dominado el sufrimiento impuesto e incomprendido por el sufrimiento comprendido y consentido; e inmediatamente el sufrimiento se vuelve alegría. Así, Edipo Rey, el corazón abrumado por el raro dolor de haber involuntariamente matado a su padre y casado con su madre, porque acepta ese dolor sin dejar de sentirlo, porque lo contempla y lo medita sin intentar desprenderse de él, poco a poco se transfigura e irradia, él, el criminal, un brillo sobrehumano casi divino (en Edipo en Colono).
Sobre los escenarios griegos los autores llevaban coturnos, que los elevaban por encima de la talla humana. Para que tengamos derecho de ver tragedia en el mundo, es necesario que ese mundo calce coturnos y se eleve un poco más alto que la mediocre costumbre.
Todos los pueblos, todas las épocas, no son igualmente dignas de vivir la tragedia. Ciertamente, el drama es generosamente dispensado a través del mundo. La tragedia es más rara, pues no existe en estado espontáneo: se crea con sufrimiento y arte; presupone de parte del pueblo una cultura profunda, una comunión de estilo entre la vida y el arte. Lo propio del héroe trágico es que mantiene en sí, tanto más por cuanto que es gratuito, «el ilustre encarnizamiento de no ser vencido».
Hace falta, pues, una gran fuerza de heroica resistencia a los destinos o, si se prefiere, de heroica aceptación de los destinos, para poder decir que es tragedia lo que un hombre o un pueblo crean en su vida.
Así, nuestra época, por ejemplo: ella es ciertamente dolorosa, hasta dramática. Pero nada dice aún que sea trágica. El drama se sufre; la tragedia, en cambio, se merece, como todo lo grande.
