25 de noviembre de 2011

Cartas que nunca se envían

Lo confieso. Se trata de hacerse la fuerte antes de que se dé el portazo. Adoptar la pose de mujer entera, sin quebrar el gesto, mientras prometemos que vamos a estar bien, que finalmente de lo que fue quedó una enseñanza que nos hará mejores, si uno es capaz de sonreír más a menudo y acostarse a una hora prudente para aprovechar los amaneceres, tan saludables para el ánimo cuando van acompañados de ese sol radiante, que se nos antoja más huidizo de lo que anuncia la canción.
Es probable que la pose se desarme una vez se cierre la puerta y el emprenda el viaje a la ciudad definitiva, pero no dejaremos que lo descubra, pues la derrota no ha de ser desoladora y nuestra alma no ha de parecer tierra quemada tras su paso.
Sí. Tienes razón. En parte por orgullo. Pero también porque quedó el recuerdo de los días que fueron lluvia sobre la playa o al menos remanso tras la tormenta que traen estos días inciertos, aunque esto jamás debamos declararlo en presencia de la persona despedida o en ausencia de un abogado.
Tratemos de fijar la mirada en un Bogart que confiesa a Ingrid Bergman que siempre les quedará París, aun cuando París sea ruinas humeantes y lo que antaño creímos confundir con cañonazos no sean los latidos de un corazón galopante, sino cañonazos al fin y al cabo, o quizá sí el corazón, pero más bien aquel órgano de naturaleza muscular, común a todos los vertebrados y a muchos invertebrados, que actúa como impulsor de la sangre y que en el hombre está situado en la cavidad torácica, y que el tabaco, la falta de sueño, la mala vida (o la no tan mala) junto con algunas despedidas como la descrita, hacen sonar como la máquina del vapor malherido que abandonó Lord Jim mientras se hundía en un arrebato de cobardía que jamás se perdonará.

Aunque quizá sí fueran los latidos de un corazón galopante, o yo qué sé, el palpitar de las venas que, imprudente, ahora arroja gasolina para apagar el incendio que provoca la ruptura. O no. O uno está hecho un lío y finalmente improvisa para no dejarse llevar por el torbellino de su mirada, tratando de mantener la nave al pairo ante el embate de las olas. Quizá sea eso. Que en definitiva uno está hecho mierda y no sabe qué decir.
Pero lo dicho, copiemos el rictus de Bogart, y despidamos a la muchacha, envueltos en nuestra gabardina de tipo curtido en despedidas color gris olvido. Miremos sus ojos, evitando ahogarse en el azul de ese océano que ahora navegarán tipos con mejor carácter, hagamos caso omiso a las sirenas que nadan en él y pronunciemos las promesas pertinentes. Aunque cuando ella suba al avión nuestro pecho quede árido, agujereado y silencioso como los mares de la luna y no nos espere el inspector Renault con el compromiso de una hermosa amistad. Retiremos el mechón de su cabello que le tapa la cara, por última vez, y digamos algo así como: Anda, sube a ese avión, devora la manzana y márchate. Todo va a ir bien. Ella quizá también sonría, y quizá comprobemos que cuando el asesino asesta el golpe final con una sonrisa, a veces duele más la sonrisa que la herida infringida por el arma homicida.
Pero puede ser de otra forma. Mejor aún. Dejemos de mantener la pose y hagamos nuestro el discurso. Qué diablos. Sonreiremos más a menudo, ahorrémonos los suspiros, pensemos que la herida abierta será cicatriz que algún día contemplaremos, no exentos de nostalgia, con un gesto divertido, con algo de complacencia. Aunque estos no sean los días más felices vendrán mejores. Al fin y al cabo acordarse de vivir a veces conlleva hacer repaso de las derrotas con la esperanza del que sabe que la batalla decisiva aún está por venir, esa que no traerá despedidas sino encuentros llenos de abrazos como los que florecen en las salas de llegada de los aeropuertos.

Amor de primer oido

En este caso el oxímoron era cierto: el susurro era atronador. Y atravesaba las paredes, se colaba por debajo de la puerta, junto con las cuchillas de luz que atravesaban las persianas y una vez dentro de la casa, la revolvía de arriba abajo. Se colaba entre la ropa tendida, bajo la cama removiendo las pelusas, abriendo las ventanas, los cajones de la cocina y mi corazón.
A veces una palabra dicha a media voz puede sonar demoledora. Ciertos susurros pueden resultar armas de destrucción masiva que asolan los ánimos y nuestros planes.
Una declaración de amor hecha con voz queda atraviesa nuestro pecho como una ráfaga de viento fresco en verano.
El insulto susurrado se clava en nuestras sienes llenando nuestros pulmones de aceite hirviendo.
Galileo, condenado, murmura con resignación iracunda “E pur si muove” después de abjurar ante la Iglesia. Le quitarán su dignidad pero no la razón, que quedará congelada en su susurro helado.

Damien Rice canta una hermosa canción titulada “The blower’s daughter”, en la que confesará: I can´t take my mind of you (No puedo quitarte de mi mente). Y lo repetirá cansinamente, con tono remiso: I can't take my mind...My mind...my mind... Hasta finalmente susurrar, casi más como un deseo desesperado, como una última suplica, que como la constatación de un hecho: 'Til I find somebody new (Hasta que encuentre a alguien de nuevo). Es esa mentira susurrada, quizá, lo que más hiere de la bella canción.
La probablemente mejor película de la historia del cine gira en torno al último susurro exhalado por el poderoso ciudadano Kane: Rosebud. Quizá el último recuerdo feliz de aquella patria perdida que es la infancia que el protagonista observa desde el exilio en los últimos momentos de su vida.
El susurro del mar, de la lluvia sobre el tejado, meciéndonos como un canto materno que nos salva de la ruina, de las prisas, de la diástole taquicárdica de la ciudad que nos empuja en el torrente de vida atropellada que son estos días.

La vida a menudo parece un simulacro de realidad hasta que un susurro echa abajo las paredes de nuestra habitación, un susurro suspendido como un fantasma en el mensaje del contestador, un susurro que, como la gota de angostura, colorea y sazona el licor que bebemos cuando todo está en calma, haciendo repaso de lo vivido y de lo hallado, en la cocina quizá, con el frigorífico ronroneando como un gato perezoso, nuestro abrigo empapado goteando aún sobre una silla, la imagen de una despedida reciente arañándonos la pupila. Entonces ese leve sorbo nos recuerda que vivir era otra cosa y, decididos, hacemos repaso de las declaraciones de amor pendientes.