25 de noviembre de 2011

Amor de primer oido

En este caso el oxímoron era cierto: el susurro era atronador. Y atravesaba las paredes, se colaba por debajo de la puerta, junto con las cuchillas de luz que atravesaban las persianas y una vez dentro de la casa, la revolvía de arriba abajo. Se colaba entre la ropa tendida, bajo la cama removiendo las pelusas, abriendo las ventanas, los cajones de la cocina y mi corazón.
A veces una palabra dicha a media voz puede sonar demoledora. Ciertos susurros pueden resultar armas de destrucción masiva que asolan los ánimos y nuestros planes.
Una declaración de amor hecha con voz queda atraviesa nuestro pecho como una ráfaga de viento fresco en verano.
El insulto susurrado se clava en nuestras sienes llenando nuestros pulmones de aceite hirviendo.
Galileo, condenado, murmura con resignación iracunda “E pur si muove” después de abjurar ante la Iglesia. Le quitarán su dignidad pero no la razón, que quedará congelada en su susurro helado.

Damien Rice canta una hermosa canción titulada “The blower’s daughter”, en la que confesará: I can´t take my mind of you (No puedo quitarte de mi mente). Y lo repetirá cansinamente, con tono remiso: I can't take my mind...My mind...my mind... Hasta finalmente susurrar, casi más como un deseo desesperado, como una última suplica, que como la constatación de un hecho: 'Til I find somebody new (Hasta que encuentre a alguien de nuevo). Es esa mentira susurrada, quizá, lo que más hiere de la bella canción.
La probablemente mejor película de la historia del cine gira en torno al último susurro exhalado por el poderoso ciudadano Kane: Rosebud. Quizá el último recuerdo feliz de aquella patria perdida que es la infancia que el protagonista observa desde el exilio en los últimos momentos de su vida.
El susurro del mar, de la lluvia sobre el tejado, meciéndonos como un canto materno que nos salva de la ruina, de las prisas, de la diástole taquicárdica de la ciudad que nos empuja en el torrente de vida atropellada que son estos días.

La vida a menudo parece un simulacro de realidad hasta que un susurro echa abajo las paredes de nuestra habitación, un susurro suspendido como un fantasma en el mensaje del contestador, un susurro que, como la gota de angostura, colorea y sazona el licor que bebemos cuando todo está en calma, haciendo repaso de lo vivido y de lo hallado, en la cocina quizá, con el frigorífico ronroneando como un gato perezoso, nuestro abrigo empapado goteando aún sobre una silla, la imagen de una despedida reciente arañándonos la pupila. Entonces ese leve sorbo nos recuerda que vivir era otra cosa y, decididos, hacemos repaso de las declaraciones de amor pendientes.

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