Lo confieso. Se trata de hacerse la fuerte antes de que se dé el portazo. Adoptar la pose de mujer entera, sin quebrar el gesto, mientras prometemos que vamos a estar bien, que finalmente de lo que fue quedó una enseñanza que nos hará mejores, si uno es capaz de sonreír más a menudo y acostarse a una hora prudente para aprovechar los amaneceres, tan saludables para el ánimo cuando van acompañados de ese sol radiante, que se nos antoja más huidizo de lo que anuncia la canción.
Es probable que la pose se desarme una vez se cierre la puerta y el emprenda el viaje a la ciudad definitiva, pero no dejaremos que lo descubra, pues la derrota no ha de ser desoladora y nuestra alma no ha de parecer tierra quemada tras su paso.
Sí. Tienes razón. En parte por orgullo. Pero también porque quedó el recuerdo de los días que fueron lluvia sobre la playa o al menos remanso tras la tormenta que traen estos días inciertos, aunque esto jamás debamos declararlo en presencia de la persona despedida o en ausencia de un abogado.
Tratemos de fijar la mirada en un Bogart que confiesa a Ingrid Bergman que siempre les quedará París, aun cuando París sea ruinas humeantes y lo que antaño creímos confundir con cañonazos no sean los latidos de un corazón galopante, sino cañonazos al fin y al cabo, o quizá sí el corazón, pero más bien aquel órgano de naturaleza muscular, común a todos los vertebrados y a muchos invertebrados, que actúa como impulsor de la sangre y que en el hombre está situado en la cavidad torácica, y que el tabaco, la falta de sueño, la mala vida (o la no tan mala) junto con algunas despedidas como la descrita, hacen sonar como la máquina del vapor malherido que abandonó Lord Jim mientras se hundía en un arrebato de cobardía que jamás se perdonará.
Aunque quizá sí fueran los latidos de un corazón galopante, o yo qué sé, el palpitar de las venas que, imprudente, ahora arroja gasolina para apagar el incendio que provoca la ruptura. O no. O uno está hecho un lío y finalmente improvisa para no dejarse llevar por el torbellino de su mirada, tratando de mantener la nave al pairo ante el embate de las olas. Quizá sea eso. Que en definitiva uno está hecho mierda y no sabe qué decir.
Pero lo dicho, copiemos el rictus de Bogart, y despidamos a la muchacha, envueltos en nuestra gabardina de tipo curtido en despedidas color gris olvido. Miremos sus ojos, evitando ahogarse en el azul de ese océano que ahora navegarán tipos con mejor carácter, hagamos caso omiso a las sirenas que nadan en él y pronunciemos las promesas pertinentes. Aunque cuando ella suba al avión nuestro pecho quede árido, agujereado y silencioso como los mares de la luna y no nos espere el inspector Renault con el compromiso de una hermosa amistad. Retiremos el mechón de su cabello que le tapa la cara, por última vez, y digamos algo así como: Anda, sube a ese avión, devora la manzana y márchate. Todo va a ir bien. Ella quizá también sonría, y quizá comprobemos que cuando el asesino asesta el golpe final con una sonrisa, a veces duele más la sonrisa que la herida infringida por el arma homicida.
Pero puede ser de otra forma. Mejor aún. Dejemos de mantener la pose y hagamos nuestro el discurso. Qué diablos. Sonreiremos más a menudo, ahorrémonos los suspiros, pensemos que la herida abierta será cicatriz que algún día contemplaremos, no exentos de nostalgia, con un gesto divertido, con algo de complacencia. Aunque estos no sean los días más felices vendrán mejores. Al fin y al cabo acordarse de vivir a veces conlleva hacer repaso de las derrotas con la esperanza del que sabe que la batalla decisiva aún está por venir, esa que no traerá despedidas sino encuentros llenos de abrazos como los que florecen en las salas de llegada de los aeropuertos.
